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08 octubre 2010

Más de 200 personas han conocido este fin de semana la Ruta Félix Rodríguez de la Fuente en el Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas

Un total de 225 personas ha participado este fin de semana en las jornadas de senderismo que la Diputación Provincial de Jaén ha organizado en el marco del Día Mundial del Turismo, que este año ha estado dedicado a la Biodiversidad. Con este objetivo, los participantes han realizado un recorrido por la Ruta Félix Rodríguez de la Fuente, en el Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas.

Los participantes se han desplazado desde Jaén y Linares hasta el entorno de Coto-Ríos para comenzar allí el itinerario, un trayecto de 12 kilómetros en el que pudieron conocer algunos de los espacios desde los que el profesor Félix Rodríguez de la Fuente rodó en los años setenta imágenes para la serie de televisión española “El hombre y la tierra”. Técnicos de la Fundación Gypaetus, dedicada a la recuperación del quebrantahuesos, ejercieron de guías en este recorrido en el que los asistentes pudieron profundizar en la flora, fauna y paisajes de la zona y observarlas a través de telescopios de gran alcance instalados por dicha fundación en el paraje de Collado del Almendral.

15 enero 2010

Un recorrido por el río Guadalquivir

¡Oh Guadalquivir!
te vi en Cazorla nacer;
hoy, en Sanlúcar morir.
Un borbollón de agua clara,
debajo de un pino verde,
eras tú,
¡qué bien sonabas!
Como yo, cerca del mar,
río de barro salobre,
¿sueñas con tu manantial?
Antonio Machado.


Vamos a hacer un viaje en cinco etapas por el río Guadalquivir, el wadi al-Kebir árabe, el río Grande; el cauce que vertebra geográfica y culturalmente a casi toda Andalucía. Todo viaje comienza con el primer paso. Todo río nace en el primer regato, la fuente más alta. Aunque sobre este punto no siempre haya acuerdo. Oficialmente el río nace en la sierra de Cazorla, a 1440 metros sobre el mar, en el paraje denominado La Cañada de las Fuentes. Sin embargo hay regatos de agua, manantiales y arroyos que vienen de más arriba, de las laderas más altas de las sierras de Cazorla y Segura. En cualquier caso, la suma de algunos de estos hilos de agua acaba escurriendo por una estrecha garganta, a través de una caverna, entre laderas peladas de roca y pinos laricios. Hundida en las rocas, bajo techos de piedra, la corriente resuena, se amplifica. El Guadalquivir no es tanto como parece.
Toda esta primera fase de vida es un descenso precipitado aguas abajo. Aguas blancas llaman los franceses a estos tramos de río entre espumas y cascadas. Pero pronto se interpone el primer freno. A lo largo de todo su cauce aparecerán innumerables represas y embalses. El primero, al menos de cierta importancia, es el Tranco de Beas, donde el río gira bruscamente hacia el oeste. Aquí el agua no suena; pero en sus orillas, abiertas y despejadas, pastan las manadas de ciervos, entre toses de alarma y los gañidos agudos, como gemidos, de las hembras y los jóvenes de la pasada primavera.
Todo Jaén es un olivar. Al dejar atrás Cazorla el Guadalquivir es un río entre olivares. Los bosques ordenados, alineados, como trazados a cordel, contrastan con el curso errático de la corriente, entre meandros y angosturas. Desde las alamedas que lo ciñen, en conjunto quizá el mejor y más largo bosque de galería de toda España, se escuchan las llamadas de las bandadas de rabilargos, deambulando entre campos repletos de aceituna listas para ser recogidas.
Entre Córdoba y Sevilla el Guadalquivir es el río de la historia. Pocas vegas en todo el mundo llevan tantos siglos en explotación ininterrumpida. El agua corre lenta y pausada, serpea por una amplia llanura aluvial apoyándose en cerros y altozanos.

Nacimiento del río, en la Cañada de las Fuentes, en Cazorla. Foto: Carlos de Hita
La historia del río es vieja, como viejo es el motor que bombea agua de la orilla para regar unos campos que vienen dando sus frutos desde la noche de los tiempos. El motor es tan viejo, el sonido tan antiguo, que casi podemos contar sus revoluciones. Y donde haya grano habrá gorriones; morunos, en este caso, que revolotean piando mientras se aprestan a dormir en la maraña de la ribera.
Por debajo de Sevilla el río corre por terrenos robados al mar. Los sedimentos acarreados y la entrada de arenas del océano han acabado por formar esta vasta planicie de suelos blandos, sin apenas relieves, por los que el cauce se divide, se desvía, cambia de dirección, forma islas y a veces se estrangula. Es el caso del llamado Brazo del Este, un meandro cerrado, desprendido del río, que delimita la orilla oriental de Isla Menor. Sobre el suelo arenoso, con aguas estancadas, crece un tupido cañizal, hábitat idóneo para todo tipo de ardeidas: garzas imperiales y reales, garcillas bueyeras y cangrejeras, garcetas... y algún calamón.
El Guadalquivir se diluye, al fin, en el mar, en un estuario cerrado al este por San Lúcar de Barrameda y al oeste por sus marismas, las que él mismo ha creado con su aporte de sedimentos. Aquí, junto al embarcadero de La Plancha, la puerta fluvial a Doñana, el murmullo continuo de la corriente se funde con el vaivén acompasado de las olas. También entre las aves hay una cierta confusión, mezclándose las voces del interior –fochas, flamencos- con otras más propias de la costa –gaviotas patiamarillas- o de zonas mixtas –pagazas y fumareles-.
Setecientos ventidós kilómetros aguas abajo, el regato que nacía en Cazorla ha dado todos sus pasos.